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Hace treinta años el escritor peruano José María Arguedas (Andahuaylas, 1911) después de varios intentos decidió ponerle fin a su existencia. Arguedas fue antropólogo, poeta y educador: todas esas facetas de su vida están presentes en su literatura. Tanto en sus relatos como en las novelas se presenta el mundo americano con todas sus complejidades y contradicciones. Una preocupación central para Arguedas consistió en dar vida a través del lenguaje a una auténtica visión de la cultura quechua. Mario Vargas Llosa en La utopía arcáica afirma: “Arguedas es un escritor privilegiado porque en un país escindido en dos mundos, dos lenguas, dos culturas, dos tradiciones históricas, a él le fue dado conocer ambas realidades íntimamente, en sus miserias y grandezas y, por lo tanto, tuvo una perspectiva mucho más amplia que la mía y que la mayor parte de escritores peruanos sobre nuestro país” Tras el reconocimiento de obras como Agua, Yawar fiesta, Los ríos profundos, El sexto, Todas las sangres, Arguedas sentía que había llegado a una región limítrofe, en donde el acto de escribir lo enfrentaba cada vez más con la idea de la muerte. Su escritura se había ido convirtiendo en un signo de vitalidad; sin embargo, cuando se sentía desfallecer, solía resguardarse bajo la idea de ponerle punto final a todo lo que lo rodeaba. De esta manera se gestó en su última novela un extraño y confuso entramado de vida y obra, en su diario personal empezó a intercalar capítulos de una novela, ejercicio que derivó en una serie de reflexiones sobre el oficio de escribir: “Parece que se me han acabado los temas que alimenta la infancia, cuando es tremenda y se extiende encarnizadamente hasta la vejez. Una infancia con milenios encima, milenios de historia de gente entremezclada hasta la acidez y la dinamita”. (13 de febrero de 1969). Así se fue configurando una ecuación letal que relacionaba escritura y muerte, ambos temas obsesivos de sus diarios -confesionarios-: “Creo que de puro enfermo del ánimo estoy hablando con audacia. Y no porque suponga que estas hojas se publicarán sólo después que me haya ahorcado o me haya destapado el cráneo de un tiro, cosas que, sinceramente creo aún que tendré que hacer. (...) Y si me curo y algún amigo a quien respeto me dice que la publicación de estas hojas servirá de algo, las publico. Porque yo si no escribo y publico, me pego un tiro” (13 de mayo de 1968). El escritor logró concluir su novela justamente con su último diario fechado el 20 de agosto y el 22 de octubre de 1969. Ya había tomado una determinación y el epílogo del libro lo constituyen las cartas de despedida a sus amigos, el editor de su obra, el rector y sus alumnos estudiantes de la Universidad Nacional Agraria La Molina, de Lima: “He luchado contra la muerte o creo haber luchado contra la muerte, muy de frente, escribiendo este entrecortado y quejoso relato. Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido. Son fuertes y estaban bien resguardados por mi propia carne. Este desigual relato es imagen de la desigual pelea”. (20 de agosto de 1969). Para Arguedas vivir era un acto sagrado; las líneas de la vida deberían establecer puentes que lo mantuvieran en contacto con ese mundo primigenio y actual de sus protectores indios: “Don Felipe me acariciaba como a un becerro sin madre. Y cuando este hombre me acariciaba la cabeza, no sólo se calmaban mis intranquilidades sino que me sentía con ánimo para cualquier clase de enemigos, ya fueran demonios o condenados”. (13 de mayo de 1968). El narrador peruano, señalado por la muerte, conjugó en un solo texto las líneas de la ficción y la reflexión, de tal manera que resulta difícil distinguir las fronteras entre una y otra. Su literatura se había ido nutriendo de su historia personal, del mundo de la infancia, de sus vivencias de la época escolar y juvenil; pero más allá de las experiencias, la esencia de sus imágenes provenía de lo andino. Su escritura era así una sagrada comunión con el cosmos. José María Arguedas murió el 28 de noviembre de 1969. El cortejo fúnebre fue acompañado por músicos que tocaban arpa, quena y charango, y dos danzantes de tijeras que bailaban junto a su ataúd, como en una escena tomada de su relato “La agonía de Rasu Niti”, en donde la muerte es vencida por la fuerza mágica de la música y la danza: “Tardará aún la chiririnka que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza, porque voy a estar bailando”.
POR: Mary Carmen Ambriz
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